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CRÓNICA DEL CAMPEONTATO DE ESPAÑA JUVENIL(1ºPARTE)
lunes, 30 de marzo de 2009
Cuando el resultado no es tan importante
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Ocurre a veces en el rugby un fenómeno que no es extensible a muchos otros deportes. El rugby nunca ha sido muy esclavo de la estadística, como sí lo son fútbol o baloncesto. Hay ocasiones en las que el resultado de un partido se convierte en una mera anécdota, en un simple dato numérico que llena una casilla de los almanaques, que glosa la historia de un campeonato, de una copa, de una liga, pero que no permite vislumbrar ningún matiz de un partido, que no permite cuantificar el esfuerzo, la ilusión, el coraje, de los cientos, de los miles de equipos que se quedan en el camino de la gloria que supone el triunfo, pero que alcanzan esa gloria por el mero hecho de competir, de estar allí dando todo lo que tienen.
Nuestro ilustre doctor repite con frecuencia una frase que el sábado acerté a comprender en toda su grandeza: “algún día, vosotros podréis contar que estuvisteis allí, y ellos no”. Pocas veces una frase puede resumir tanto y con tanta certeza lo que vivimos todos los que estuvimos el sábado en Valladolid. Perdimos sí, pero lo hicimos jugando al rugby, con la cabeza alta, con el pecho hinchado, dando todo lo que teníamos. Y eso es mucho más que suficiente. Cuando Pablo Vela ensayó y nos pusimos siete abajo, se nos puso la carne de gallina, un escalofrío nos recorrió todo el cuerpo, y durante diez minutos, crecimos quince centímetros, engordamos veinte kilos, y nuestra musculatura era tal que casi reventamos las camisetas. Los minutos que precedieron a nuestro ensayo son un monumento al coraje, a la garra, a la inteligencia de aquel que se sabe inferior pero que trata de equilibrar la balanza optimizando al máximo las armas de las que dispone. Luego ellos, enormes, rapidísimos, inteligentísimos, nos devolvieron a la realidad, pero nadie nos podrá quitar nunca esos diez minutos, en los que el todopoderoso Salvador supo que esos chavalillos que tenía enfrente, esos a los que las camisetas rojas les venían grandes, venían de Tarazona y sabían jugar al rugby con bastante criterio.
El sábado acerté a comprender que la derrota no tiene que vestirse necesariamente de fracaso. La derrota, si viene precedida de entrega, de lucha, de unión, de corazón, es mucho más digna que el triunfo, porque mientras este nos nubla la vista impidiendo hacer una introspección adecuada, la caída nos hace casi siempre mejores, nos dignifica y nos impulsa a la mejora, a la superación. Pero sobre todo, el sábado acerté a comprender el verdadero sentido de la palabra EQUIPO. Viéndolos allí, en el vestuario, justo antes de salir al campo, todos en un círculo, bien abrazados, con los ojos brillantes de emoción y con el escudo del Seminario encima de donde dicen que está el corazón, supe que iba a dar igual el resultado, porque no íbamos a bajar los brazos hasta que el árbitro no pitara, porque íbamos a tratar de hacer nuestro rugby por encima de lo buenos que fueran ellos. Porque nadie nos iba a quitar el honor de estar allí, jugando contra el mejor equipo juvenil de España, disputándole el pase a la siguiente ronda.
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